La madrugada estaba fría. De ese frío inesperado porque la noche había sido calurosa. Con ese calor agobiante y húmedo del comienzo del verano, desperté. Desvelado y sentado en el inodoro, como pocas veces renunciando al bidet porque también estaba frío y me dio fiaca, desenrollé el papel higiénico con la mano derecha. Y así me quedé unos cuantos minutos, adormecido, mirando el piso con el montón de papel blanco en la mano.
De vuelta en la cama noté la primera luz asomando por el ventanal. Escuché el pájaro y cantaba bien pero me molestaba. Como una mala canción de heavy metal. Como un pájaro metalero que enciende el amplificador y comienza a puntear su guitarra.
Subí el acolchado hasta la pera. Lo subí un poco más y me quedé acovachado ahí debajo para protegerme de la luz y del ruido. No quería el día y no podía la noche. Pensé en escribir pero también me dio fiaca. Noté que estaba nublado.
Frío y nublado. Y desvelado. Pensé en masturbarme; más fiaca. No tenía deseo, sólo aburrimiento. Además me dolía el cuerpo del día anterior. El coxis, más precisamente, de tanto rebotar en la dureza del cemento de la cancha. Tenés buena volea me dijo, pero no le creí. Gracias, vos también, le contesté. Era mentira. Nunca había visto a alguien volear tan mal y sin embargo se había puesto insistente con subir a la red.
Nos despedimos y alcancé a Nadia en el quincho para sumarnos al asado. Comimos rápido. No nos interesaba la charla de la mesa y sólo pensábamos en tirarnos en el pasto y dormir la siesta al sol. Le conté lo de la volea y se rió. Me gustaba hacerla reír y navegué en el sonido de su risa hasta que se apagó y quedó silenciosa a mi lado, dormitando, con la mano rozando mi pierna. Pensé en ella que estaba al lado mío. Claro que fue extraño. Se supone que uno piensa en alguien a la distancia, pero no. Fue como perderme en una ciudad y empezar a buscar un lugar familiar del que estaba muy cerca pero que no lograba reconocer. Abrí los ojos. Estás a mi lado, pensé.
Suele pasar. Creo que veo cosas y podría jurar que estaban exactamente en un lugar, puestas de una forma, pero finalmente no es más que un gran collage de imágenes que se archivaron caprichosamente para formar una imagen nueva, inconexa, que sólo habita en mi cabeza. Este procedimiento que se parece bastante a meter en una licuadora un montón de archivos de una papelera de reciclaje, lo hace a uno preguntarse cosas tan estúpidas como: ¿Es ésta la zapatería que pasé hace un rato? Pero, si habían unas botitas negras en la vidriera, del lado derecho!? ¿Dónde están? ¿Las habrán vendido?
El pasto sí que es muy real y me pincha. Voy al auto a buscar la mantita. Está muy bien que lleve la manta en el baúl. ¿Acaso me enorgullezco por eso? La usamos mucho y en las situaciones menos esperadas. En Ezeiza dejamos las puertas del auto abiertas mientras pasaban los temas en la radio. Nos tiramos sobre la manta a conversar. Mirando las copas de los árboles improvisamos viseras para protegernos de los destellos de luz que filtraban desde el cielo.
Los bordes están gastados y casi no se lee el Air France. Viajar me entristecía. Por lo general llegaba al aeropuerto muy temprano, de madrugada. Eran 25 o 30 minutos de viaje en remise, de total silencio, de pedir al conductor que bajara el volumen de la radio y mirar por la ventana sin ver absolutamente nada. Luego amanecía y llegando al check-in me sentía un poco mejor. Vos dormías. O quizás dedicabas unos minutos de ensueño a pensar que ya no estaba a tu lado; o a sentir el beso que te dejaba en la mejilla; o a recordar cómo durante la noche te pegabas fuerte para sentir todo el calor de mi cuerpo y luego te soltabas; o como que te enroscabas un poco más cuando yo salía de la cama. Creo que simplemente dormías.
Esta vidriera no es la misma que pasé hace un rato. Por suerte entré en la tienda y en la sección zapatos encontré las botitas negras. No tenía tiempo para probarlas pero sin duda eran para mi. Escribí un rato más. Giré para darte un beso. No soportaba la idea de pensarte desde tan cerca. Podía estar con vos. Tenía que demostrarlo. Con el beso fundí a negro. Fin de la historia. Todo presente y algo de futuro, incierto.
Se me cierran los ojos. Afuera, el pájaro martilla como robot con su mantra. Ya no está tan nublado pero tampoco se ve un cielo despejado. En una hora va a sonar el reloj. Me pregunto si prefiero dormir esa hora o levantarme, hacer un mate y seguir escribiendo. No tengo dudas de que será la mejor hora de sueño de toda la noche, aunque levantarme luego va a ser mucho más difícil. No me importa, los ojos se me cierran y necesito descansar.
Voy a conseguir otra manta pero de Lan Chile. No conozco a nadie que coleccione mantas de aviones. Podría ser el primero. O podría llevarlas en el baúl del auto. Seguro tendremos más pic-nics. No ahora, que saco la cabeza para respirar porque el aire no llega debajo del acolchado. Aunque está oscuro, la sonoridad es muy acogedora. Fabrico un pequeño hueco, lo menos dañino posible, para que entre un poco más de aire.
Es una pena que no pueda dormir más. Esa hora de sueño extra sin duda es la mejor. Me pregunto si podría relajarme y no prestar atención al timbre. Obviar el despertador y levantarme con el ruido del timbre cuando llegue el remise. De sólo pensarlo, la idea me resulta insoportable. No. Además, si perdiera el vuelo, tendría que pasar por todo este fastidio nuevamente.
Por suerte es de día y no tengo a quien a quien saludar. No saludos, no angustias, no amanecer en un remise. Soy yo, el sol en la ventana que me adormece y el conductor que viaja a 150 km por hora y zigzaguea de un lado a otro de la autopista Richieri para pasar a los autos. Es como un videogame. Y él es bastante joven, entonces me pregunto si realmente no pensará que estamos en un videogame. No sé, en Zacoa, y que yo soy uno de los chicos que se para detrás para admirar lo bien que maneja.
A pesar de sus cualidades al volante, sabemos que inevitablemente, en pocos segundos el auto se va a estrellar. Pienso en ponerme el cinturón de seguridad pero me reprimo. Es el antigesto. Llevamos 20 minutos de viaje y sería definitivamente una mala señal. Sería como pararme detrás del videojuego y comenzar a dar instrucciones. Nadie hace eso. Es de mal gusto. Por otra parte, si chocáramos en ese momento el coche no se rearmaría en un par de segundos, ni se colocaría en el centro de la pista, ni volveríamos a empezar desde cero.
No hice un testamento, aunque se que Ana sueña con tener un departamento propio. Dice que le daría mucha seguridad. Lo más lógico sería que ella se quede con mi casa. Voy a colocarme el cinturón y cuando regrese voy a escribir mi testamento. Cada vez que me habla de la diferencia entre tener y no tener una propiedad, le digo que es una gran ilusión. Que tener un departamento no cambia la vida de una persona como ella.
- ¿Pero sabés que tranquila estaría sin tener que pagar cada mes mil quinientos pesos de alquiler y expensas? Además, si mañana me enfermo y no puedo dar clases, no tengo nada de ahorros.
- Tenés mucha gente cerca que te va ayudar. Además, vos no te enfermás. Y nunca te faltó dinero.
- No, ya sé, pero es agotador.
- Pero estás liviana.
- Pero sos un tarado, no entendés nada. Siempre me decís lo mismo.
- Te quiero mucho Anita.
- Yo también. Que suerte que estás cerca.
Con el golpe se inicia el recorrido. La vibración parte desde la muñeca hacia el brazo y alcanza el hombro. Si apagara el mundo por un instante podría sentir como la corriente se distribuye por todo mi cuerpo. El encordado se expande y se estira y la pelota rebota. Sin duda es un punto ganador. No tengo tan mala volea, pienso, aunque diga lo contrario.
La velocidad ahora es menor y hace un rato que vamos por el mismo carril. El pasto es suave y todo se vuelve familiar. La manta está gastada de tanto uso. La de Air France era de mejor calidad. Viajar en avión ya no es lo mismo. Antes las azafatas eran esbeltas y sensuales. Y te trataban bien. Exageradamente bien. Esto es más real pero quién quiere algo real cuando está suspendido a 40 mil pies de altura. Ahora te dan cubiertos de plástico, con suerte, cuando no te sirven un sándwich. Y ni siquiera te dejan la latita cuando pedís una cerveza.
Lo de los oídos sí que no cambia. Están tapados pero disfruto de la soronidad. Hace un poco de frío y el pájaro está callado. Quizás me quede un rato más debajo de la manta, aunque me cueste respirar. O quizás me gire y vea si hay alguien a mi lado. Mejor trato de dormir. Tengo una hora más del mejor sueño.
Filed under: Tutito
me cuesta acostumbrarme a nuevs diseños.
Mmmmmm, se me hace polemico lo de una entada en la home y nada mas.
Que coment tan nerd
en el estado en que estabas, solo podía terminar la cosa con que te tocaras.
hola, queria invitarte a que agregues tu blog a Argentino.com.ar
es un directorio de webs de Argentina y nos gustaría que estuvieras.
saludos
Diego