Por esa época empecé a sentir una gran devoción por ciertas frases que se cruzaban en mi camino y que hacían referencia a la aceptación de la vida. Todas apuntaban a entregarse al mismo principio: no había mejor fórmula que aceptar la idea de que había un camino y que había que recorrerlo, como profesaba el Sattipatahana-Sutta. O como decía esa otra frase, más mundana e igual de condenatoria, que salió de los parlantes del planetario: el universo es el único lugar que hay, y ni siquiera fue creado para nosotros.
Eran ideas de una carga furiosa y de un humor tranquilizador. Me devolvían de ese lado oscuro en el que solía acomodarme para cuestionarlo todo. En aquel lado todo debía tener un sentido superior y el tránsito por este mundo debía significar, dejar una marca. Algo en mi sabía que si lograba apropiarme de esas frases la vida se volvería un poco más liviana. Ya no habría que buscar sentidos mayores, profundos. La vida estaba aquí, era esto y sin demasiadas explicaciones había que recorrerla.
Podía perder el tiempo cavilando sobre las cosas que debían suceder o simplemente avanzar aceptando que teníamos un mínimo control sobre los eventos, que los pequeños actos nos arrastraban componiendo y dándole sentido al todo y que, al fin de cuentas, no podía ser tan malo dejarse llevar.
No estábamos en tránsito, lo que pasaba, realmente estaba ocurriendo.
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