De modo que Amy intuye que no hay mejor opción que seguir montando la escena de la cual Arti también es cómplice, porque en algún lugar guarda la secreta esperanza de que él vuelva a ser el mismo. Eso bastaría para poder mirar a los ojos a cada uno de sus compañeros sin tener que dar una explicación, aunque sea sólo con los ojos, porque sabe que no existen las palabras adecuadas.
Prefiere entonces intentar con unos salames en feta que son de todo el agrado de Arti, que corta en cuatro piezas y sostiene en su mano, escondidos a su vista pero no a su olfato. Y que aleja desilusionada cada vez que la escena se repite. Porque ya no es posible premiar su velocidad. Porque aunque resulte ingrato, nadie cree que exista algún mérito en la normalidad. Eso no tiene más premio que la calma que trae la ausencia de reconocimiento.
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